No utilice la comida para tranquilizar, premiar o castigar al niño. Lo único que conseguirá es que se le atribuya un valor emocional que pueda ser el inicio de una respuesta inadecuada a los alimentos.
Si a su hijo no le gusta un tipo de alimento, ensaye con un equivalente nutricional: cambie las verduras por frutas, la carne por pescado, pollo, queso o leguminosas como alubia, lenteja o soja.
El apetito de los niños es variable, hay días en los que comen muy bien y otros en los que escasamente lo hacen. Un niño sano come cuando tiene hambre, no lo obligue a comer por la fuerza.
Sea sistemático y ordenado con las comidas: horarios, rutinas.... Intente que todos coman dentro de un límite de tiempo común, empezar a la vez y esperar a que todos acaben …
Establezca rutinas agradables para las horas de la comida, procure comer en familia. Déle a la hora de la comida un valor social y relacional familiar importante.
Dé un buen ejemplo tanto en hábitos como en rutinas alimentarias. Si usted es desordenado para comer y escoge mal sus alimentos, seguramente su hijo le imitará.
Limite la cantidad de alimentos de poco valor nutritivo como gaseosas, dulces y otras golosinas. Estos productos se pueden consumir con moderación y en ocasiones especiales. Evite comer entre horas.
Coma y pruebe todo tipo de alimentos de forma natural, delante de sus hijos.

Invite a su hijo a participar en la compra, preparación de los alimentos y en la organización de la hora de comer: poner y recoger la mesa. Enséñele a su hijo a elegir tres tipos de alimentos diferentes en cada comida aunque la combinación parezca extraña.